viernes, 1 de agosto de 2008

39. Garrapatas

A lo que iba. Era mayo o junio de 1984 cuando se me ordenó mantener una estación raydist al este de Menorca. Se trataba de una zona apartada en la que no había ningún núcleo habitado cerca. Basta decir que durante los tres días que estuvimos allí no vimos un alma. Conmigo vino Agustín, un marinero gallego de reemplazo que normalmente era el respostero de oficiales. Montar la estación ya fue complicado, pues tuvimos que trasladar el material por senderos abruptos, acompañados por un grupo de marineros, cabos y suboficiales.
En teoría teníamos que estar allí unos pocos días, pero el trabajo se alargó y, como teníamos comida de sobra, pues se nos dejó a mí y a Agustín algunos días más.
Primer problema: a Agustín se le terminó el tabaco y estaba desesperado. Como último recurso recuerdo que sacó papel de liar y, ante mi sorpresa, lió un cigarrillo a base de hojas secas que encontraba aquí y allá. Me dijo que sabía bien, pero yo no lo hubiese probado ni loco. Esto le calmó el vicio.
Segundo problema: en un momento dado la estación raydist se descalibró. Se me planta el Póllux delante, en la costa, y por radio se me avisa del problema. por un momento me acordé del tema del que hablaba más arriba, en un apartado anterior, pero esta vez veo que los mandos estaban más enterados del tema. Me acerco al telán y vuelvo a calibrar. Fue bien y el buque se alejó a continuar con su trabajo. Tengo que confesar una cosa: aquella era la primera vez que calibraba una estación. Afortunadamente, y para distraerme, el día anterior me había leído el manual.
Tercer problema: la zona estaba llena de garrapatas. Tantas que cuando te descuidabas te encontrabas a una que te subía por las piernas. Para quitártelas no había que tirar del abdomen, pues entonces te podía quedar la cabeza de la garrapata dentro de la piel y se podía infectar. La solución era aplicar el mechero de Agustín, pues al quemarlas se soltaban. Esto duró todo el tiempo que estuvimos por allí.
Finalmente, y cuando ya llevábamos barba de varios días, un anochecer vimos unos rostros que gritaban nuestros nombres desde la distancia y nos deían que el trabajo había terminado. Nos abroncaron, pues decían que nos podríamos haber entretenido en desmontar la estación y bajarla. Creo que no habían calculado lo que era llevar entre dos aquel enorme peso.

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